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domingo, 12 de febrero de 2012

EL FARO



Camina de noche, descalza por la orilla, dejando tras de sí huellas cargadas de nostalgia, de dolor, de experiencias que atormentan sus sentidos. Sinsabores de la vida, de su vida, de la vida vivida por otros...

Adentrándose en la frialdad de la orilla, la arena mojada sacude sus sentidos. Frialdad en su alma.

Mira tras de sí, el recorrido de huellas cargadas de recuerdos que atormentan su cabeza.

A lo lejos, ve la luz del faro al otro lado de las rocas que separan las calas, por las que tantas veces corrió perseguida por sus hermanos, en aquel juego de niños, que ya queda tan lejano.

Sigue caminando por la orilla, golpeada por las olas de un mar embravecido, que poco a poco va mojando su fino vestido, dejando entrever su piel arrugada, descolorida.... Atraviesa las rocas, trepando con sus pies descalzos y doloridos hasta llegar a la otra cala, donde encuentra aquel faro que tantas noches había alumbrado su ventana. 

Recuerdos. Juventud, ya lejana. Risas, correteos, Mario, su amor de juventud en las escaleras del faro junto a ella, toqueteando su cuerpo joven, inocente, apretando sus nalgas sedientas de deseo, jadeos incontrolados, corazones latiendo al mismo son, sus pechos endurecidos por aquel placer novedoso, su lengua en su lengua ....

Recuerdos lejanos de una juventud ya muy lejana....

Sus pies van recobrando sensibilidad, los mira, empieza a sentirlos. Grita. Un ratón se cruza entre sus pies descalzos, devolviéndola a la realidad. Ya sus recuerdos, vuelven a ser recuerdos.

Mira las escaleras enredadas, oscuras. Ya no las ve tan grandes como las recordaba.

Sube, intrigada por saber quién estará al mando del faro. Se pregunta si seguirá siendo Antonio el que siga pendiente de aquella luz que ninguna noche descansa.

Llega. Cansada, derrotada, aquejada de esos huesos que sienten dolor. Vejez.

Todo sigue como lo recordaba. Aquel gran ventanal desde donde se divisa una linea de trazado perfecto entre el cielo y el infinito de un mar que no acaba nunca. A la derecha, una mesa llena de brújulas, relojes detenidos en el tiempo, tabaco esparcido, una pipa maloliente, libros amontonados sin sentido, uno encima de otro, formando pilas casi imposibles de sostener, ropas sucias amontonadas en cada esquina de la habitación. A la izquierda, una vieja cama deshecha, sábanas enrolladas que en un tiempo debieron ser blancas y ahora tienen ese color amarillento que da la humedad del faro.

Sigue de pie, observando absorta cada rincón.

De repente, su corazón empieza a acelerarse. Siente una presencia tras de sí. Unas manos rugosas, arrugadas, frías, recorren su espalda, avanzando por sus senos, apretando su vientre, despacio.... Un cuerpo apretando su cuerpo. Asustada, intenta darse la vuelta, pero aquellas manos no la dejan moverse. 

Cúmulo de sensaciones, de placer ya vivido. Un placer que la paraliza. Y aquellas manos siguen bajando por su vientre hasta adentrarse en su cuerpo húmedo, deseoso, tembloroso.... Y siguen aquellas manos apretando su cintura, sujetándola con fuerza, una fuerza que le trae recuerdos de Mario....

- Niña, niña.... despierta ya. Se ha hecho de día. Anda, ve a la playa a jugar. Tus hermanos esperan   por ti.

La chica se despierta, sudorosa, acongojada, temblorosa. Otra vez ese sueño invadiendo sus noches.

Se viste, corre hacia sus hermanos, empieza el juego de cada mañana.


La luz del faro ya está apagada.



Foto tomada de internet.